viernes, julio 14, 2006

El Negocio Discográfico

Si bien este ya es un tema trillado en el sitio, abordado con profundidad por Fabio en reiteradas oportunidades. En ocasión de la publicación de una nota en el suplemento No del P12 sobre el tema: (Siempre gana la banca), podríamos volver sobre esto y ver un par de datos interesantes que aporta.

Este fragmento es el que más me interesó, porque ilustra cómo se reparte la torta en el circuito de producción de un disco
Cada disco (la unidad) le cuesta a una compañía aproximadamente nueve pesos, que luego vende a las disquerías a un promedio de 16 pesos cada uno y que el cliente compra a 26. Los músicos reciben en promedio un peso por disco vendido.


Por otra parte, los volúmenes de ventas de las discográficas siguen creciendo desde la crisis del 2001, a pesar que el 55% del total de dinero que se mueve, se "fuga" en el mercado ilegal:

Entre enero y octubre de este año se vendieron más de 11.700.000 discos, que generaron una recaudación total de casi 218 millones de pesos, 55 millones más que entre enero y octubre del año pasado, aún con tantos “piratas” navegando por ahí. Como los músicos se quedan, como dijimos, con un peso por disco vendido, en ese mismo período se llevaron menos de 12 millones. La cifra es baja, pero es el porcentaje que aceptaron firma de contrato mediante, apurados porque sus temas roten en la radio y en la tele (…)


La pregunta es por qué entonces, muchos de los mismos músicos se montan en esta especie de persecuta contra los métodos de intercambio de archivos, cuando ellos no son los principales afectados por esta práctica…

Muchos músicos piensan en off the record que históricamente los más perjudicados del negocio son los músicos que lo generan. Pero cuando se prende el grabador, prefieren echarle la culpa a la red.


Como ya viene comentando Fabio en los otros posts, llama la atención que se centren los operativos y las denuncias en quienes se bajan temas para consumo personal, en lugar de apuntar a quienes lucran vendiendo copias ilegales por la calle.

Para otros músicos, el intercambio de archivos termina siendo beneficioso económicamente:

En abril de 2002, el músico y periodista español Ignacio Escolar publicó un artículo llamado “Por favor, ¡pirateen mis canciones”. En aquel entonces su grupo Meteosat integraba el 1 por ciento de las bandas terrícolas que logran vender 10 mil copias de un álbum. “Recibo apenas 80 dólares mensuales por la venta de discos, mientras que por cada concierto gano entre 90 y 350 dólares limpios. Son más rentables 100 mil fans piratas que 10 mil originales, y me satisface más saber que a alguien le interesa mi música que cobrar las bajas regalías que me corresponden. En pocos negocios el reparto entre los que aportan ideas y mano de obra y los que ponen el dinero es tan desigual”, describió. Escolar basó sus cuentas en una crítica al mercado discográfico que pronunció Courtney Love hace cinco años en la que denunciaba que, de los 273 mil músicos que hoy trabajan en los Estados Unidos, sólo el 15 por ciento puede vivir exclusivamente de la música.


Pareciera que hay un grupo de músicos que prefieren compartir sus derechos (y también sus beneficios) con una compañía y desentenderse de la difusión y distribución; y otro grupo que opina que puede sacar provecho de la libre difusión de sus obras en la red.

La nota remata con un dato que también había adelantado Fabio:

(…) ni a Capif ni a los sellos les interesa abolir el intercambio de archivos por Internet sino cobrar un peso por cada tema descargado a igual proporción de regalías y varias empresas ya trabajan para desarrollar esa alternativa lo antes posible, quizás antes de fin de año. ¿Cuánto de eso irá a los músicos y cuánto a las bandas?


Es decir que tampoco se quieren perder la tajada de este libre método de distribución. La pregunta rondaría, como cuestionaba Fabio, en el soporte y en la oferta de diversidad artística.

En mi opinión personal, el tema del intercambio de archivos seguramente genera una disminución en la venta de discos, pero creo que esa diferencia podría subsanarse con otras alternativas, por ejemplo ofreciendo mejor calidad de presentación del producto y/o bajando los precios de venta, lo cual redundaría en una reducción de la ganancia por unidad, pero valdría la pena tomar el riesgo de experimentar. En los casos de la música que más me gusta, prefiero comprar originales porque me agrada tener el arte de edición, el librito y esas pavadas; pero sale tan caro!! En los casos de la música que no sé cuánto me gusta, termino optando por no gastar los $30 ante el riesgo de tener que usar el CD de apoya-pavas luego de la primera escuchada, cuando en realidad puede que esté buenísimo, pero nunca lo voy a saber porque ni tuvo gran difusión radial y, obviamente, está prohibido bajarse temas del mismo por Internet.

Por otra parte, existe el problema de la disponibilidad, tema en el que siempre insisto: hay una gran cantidad de música que directamente es imposible conseguir por la vía convencional, de hecho hasta tenés que lidiar con la cara de nada que te pone el empleado del Musimundo de turno, deletrearle el artista, para que te diga que ni lo tiene en catálogo. De la otra manera, en la red solo es cuestión de buscar un poco, pero ahora te puede caer Capif con sus inspectores a requisarte por buscar un disco inconseguible de Ryuichi Sakamoto o de Fernando Samalea.

Luego, hay una gran cantidad de discos, que, como producto artístico terminado, ya está pagado varias veces cuando se agota la primera tirada ¿por qué entonces cobrar la nueva tirada al mismo precio? Debería costar muchísimo menos, dado que ya está pagada la producción y la difusión; eso pocas veces ocurre.

Por último, creo que existe una suerte de fetiche con esto del soporte (CD) de la música. En última instancia, lo que importa es la performance. Coincido con aquellos que opinan que el principal ingreso de un músico debería salir de múltiples presentaciones, más que de la edición de un disco y, por lo visto, esto puede ser así. El disco vendría a ser un medio de difusión del producto, que es, en sí, la música. Con lo cual se pierde de vista el hecho que la finalidad del disco es la difusión de una producción artístico-musical y como, tal es solo un medio para tal fin. Puede ser la red un medio de difusión válido también, ¿por qué no?

Como para ilustrar un poco más, cito también al Barcelona del 25/11, donde salió una nota titulada: “Hablan los dirigentes de Capif: ‘Los que bajan música de Internet explotan a los músicos, y eso es patrimonio nuestro’”. En dicha nota, el director del departamento de asuntos jurídicos de Capif, F. Drake, declara:

Cada músico tiene derecho a cobrar 2 pesos de los 27 que cuesta cada CD, de cada uno de los discos que le liquidamos, que serán aproximadamente el 10 por ciento de los que en realidad vende. Ahora resulta que, por culpa de la piratería, la música está dejando de ser un negocio rentable para las compañías multinacionales que viven de los músicos.


Para cerrar, citemos a Carlos Pío Talsenik, desde su columna editorial, escribe:

Yo no quiero matar a nuestros músicos ni a los de otros países. ¿Usted sí? Yo quiero que nuestra industria los alimente lo justo como para que no mueran de inanición y puedan seguir grabando discos. El MP3 conspira conrta esa lógica. El público debería reflexionar y comprender que está tirando peligrosamente de la soga. En caso contrario, un día de estos va a ser demasiado tarde y nuestras corporaciones se van a derrumbar como un castillo de naipes. Y sin corporaciones no puede haber música. ¿No es cierto?


Violencia política en Argentina - Tacuara

Durante mi “exilio laboral” en Neuquén (y a pesar de él) pude terminar un librito que venía leyendo hace un tiempo. Se trata de “Tacuara. Historia de la primera guerrilla urbana argentina” de Daniel Gutman (Ediciones B Argentina, 2003). Me pareció interesante conocer esta porción de nuestra historia, sobre todo porque atraviesa buena parte de la vida política argentina del siglo XX y da pistas para comenzar a entender las profundas contradicciones de una época turbulenta cuyo corolario fue el baño de sangre que sufrió toda una generación. He aquí una reseña de lo que más me llamó la atención.

El texto da cuenta que Tacuara fue, en efecto, mucho más que una pandilla de adolescentes neonazis revoltosos, sino que se convirtió en un medio de expresión de ciertos grupos de jóvenes que requirieron canalizar sus ilusiones y frustraciones hacia algo concreto, con un gran componente de rebeldía y determinación. Partiendo de fuertes tensiones y contradicciones innegablemente presentes en el seno de la sociedad argentina, construyeron un camino que recorrió toda la escena política, y que incluso luego se diversificó, pero cuyo denominador común siempre fue sostenerlo a sangre y fuego.

A medida que se avanza en la lectura se comprende que tanto Tacuara como sus integrantes, lejos de ser una alteración o deformación de una determinada superficie social, eran perfectamente deducibles de ésta, más aún, producidas por ella misma. Claro que varios de sus “pintorescos” componentes estaban realmente fuera de serie. Esta es una experiencia que el autor parece haber vivido a lo largo de su investigación: “Finalmente, entre los ex integrantes de Tacuara había de todo, como en cualquier grupo humano” (p. 17).

Ante actitudes y acciones como las que tomaron los integrantes de Tacuara uno suele reaccionar a priori en forma bastante enérgica, sin poder, ni querer comprender. Cuando uno ensaya una respuesta se le puede ocurrir un clásico: “falta de educación”. Ahora bien, si vemos donde estudiaban algunos de estos chicos (Otto Krause, Nacional Buenos Aires, Universidad de El Salvador, etc.) empezamos a abrir los ojitos. Ya no puede entonces sorprendernos mucho que la mayoría pertenecían a familias de clase media acomodadas (mucho Barrio Norte, Recoleta, etc.) y muchos de ellos con nivel universitario (en curso, ya que eran bastante jóvenes).

La lectura de este texto me despertó o revalidó, las siguientes líneas de reflexión:

a) La adolescencia es una etapa intensa, de búsqueda y experimentación. Es el momento de la crítica, del “negativo abstracto” en términos dialécticos, de la diferenciación del mundo de los adultos, de la exploración y apertura de nuevos caminos. Todo esto con un alto componente de volatilidad. Esta energía puede encontrar canalización de diversas maneras, desde las más constructivas a las más destructivas.
b) Que los caminos que, en definitiva, ciertos jóvenes eligen están determinados en una gran proporción por (y se deducen de) su propia experiencia social, de su entorno cercano y no tanto; de una lectura propia de la complejidad del mundo que se abre ante sus ojos. Si un escenario social dado presenta evidentes contradicciones, es claro que ese espíritu adolescente los procesará a su manera, pudiendo devenir en disparador de conductas y decisiones extremas.
c) La historia que se cuenta aquí, a los ojos de nuestro presente, resulta sumamente extravagante, pero es importante, como en todos los relatos de este tipo, poder situarse en un determinado tiempo y espacio para poder leer estos acontecimientos. Esto requiere de una cierta apertura mental y un mínimo conocimiento de los procesos históricos que llevan a tal punto.
d) La época en que transcurre es un momento de transformación importante en el mundo, no olvidarse que la Segunda Guerra Mundial no había pasado hacía mucho y las fichas se iban reacomodando en el mundo de una manera muy distinta a lo que era antes de ella. Estos cambios despertaban reacciones de diversa índole: tanto de resistencia a esos cambios como de aceleración de los mismos.
e) Los grupos que iban a proponer cambios drásticos debían contar con cierto capital social y educativo como para poder analizar realidades y desarrollar estrategias. Claro que en algunos casos, el “exceso” en este análisis derivó en un cierto aislamiento del resto de los grupos sociales y de una distorsión en la lectura de la realidad (lo que se dice “de vanguardias”). El corrimiento de la discusión política a favor de la violencia política.
f) El importante papel simbólico cumplido por el éxito de la Revolución Cubana y sus íconos principales (“Che” Guevara y Fidel Castro), la fuerte influencia que tuvo en la prefiguración que los jóvenes iban construyendo, sobre un modo determinado de cambiar las realidades, más específicamente, de revolucionarlas.

Los inicios

Bueno, pero ¿quiénes eran y qué hacían estos bravos muchachos? Según el autor, podría convenirse que todo comenzó en 1945 con la publicación del primer número de Tacuara por parte de un grupo de adolescentes del Otto Krause que militaban en la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES). Pero deberíamos dar un paso atrás y ver el panorama. Hay que decir que el nacionalismo argentino sufre una gran influencia del nazismo alemán y del fascismo italiano; de hecho en las décadas del 30 y del 40 había una tendencia mundial hacia el autoritarismo, pocos veían con confianza a la democracia.

Con Perón y contra Perón

Con Perón ya en la presidencia, los nacionalistas comenzaron a trenzarse en disputas internas para definir si alinearse con el gobierno o mantenerse al margen. En principio, la primera línea fue preponderante. Pero ya en 1947 se presentaba el primer conflicto importante de esta disputa, se refería a la aprobación del Acta de Chapultepec, que vinculaba a Argentina dentro de una integración continental liderada, cuando no, por EE.UU. La protesta que protagonizaron los jóvenes nacionalistas terminó con una violenta represión policial y unos doscientos presos. Entre quienes se solidarizaron con aquellos figuraban dos diputados que se habían opuesto, de nombres conocidos para nosotros: el peronista John William Cooke y el radical Arturo Frondizi. El desmembramiento continúa a lo largo del gobierno de Perón, llegando a un punto álgido el 15 de abril de 1953, durante un acto del entonces presidente, estallaron dos bombas en la Plaza de Mayo, hubo cinco muertos y se respondió con un “raid” de destrucción. Se podría decir que a partir de allí, se presentaría un escenario de violencia creciente hasta la caída del gobierno dos años más tarde. Luego de aquel episodio entraría en escena otro personaje conocido: el recientemente fallecido y controvertido Guillermo Patricio Kelly, quien era instalado de prepo por la policía en el local de la Alianza Nacionalista (facción oficialista).

Ya en 1954, Perón golpea duro al clero con la supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas, la aprobación del divorcio vincular y el restablecimiento de la ley de profilaxis (autorizaba la apertura de prostíbulos). Con estas afrentas a los valores tradicionales, la UNES ya se declaraba furiosamente antiperonista y se sumaba a la lucha en las calles. De hecho, luego del bombardeo de la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, sus integrantes ya estaban definitivamente integrados a la conspiración contra el gobierno. Por otro lado los aliancistas participaban activamente de la quema de iglesias.

El golpe del 55 y la “traición” de los militares

La noche del 20 de septiembre, y con Perón ya refugiado, la Alianza presentaba la última resistencia del peronismo en su local de San Martín y Corrientes, hasta que dos tanques cañonearon el edificio. Solo tres días después, los nacionalistas antiperonistas festejaban el arribo del avión con la inscripción “Cristo Vence” que transportaba a Lonardi. Aquellos fueron recompensados con cargos importantes mientras degustaban la posibilidad de ver finalmente instalado un estado corporativista y clerical.

Gusto que se tornó amargo cuando el 13 de noviembre Lonardi era desplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, quien trajo consigo al establishment liberal y a los viejos políticos “democráticos”, tan repudiados por los nacionalistas. Ya en 1956, la UNES se preparaba para una nueva conspiración.

El “Gordo” Baxter y Ezcurra Uriburu

Uno de los personajes centrales de la agrupación fue el famoso Joe Baxter, quien fuera muchos años más tarde uno de los creadores del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El proceso que lo llevó de un nacionalismo filo nazi exacerbado, a la extrema izquierda denota no solo una psiquis muy particular, sino una demostración de las contradicciones que se vivieron en esas décadas, la búsqueda de alternativas y el evidente corolario que reza que los extremos se unen. Cuando el joven Joe asomaba con sus inquietudes a la vida pública, el nacionalismo era la única corriente en la que él sentía que podía canalizar su rebeldía y su repulsión contra el dominio de los partidos tradicionales, quienes apoyaban los gobiernos militares y se exprimían los sesos para ver cómo sacarse al peronismo de encima.

El otro personaje de peso en la organización, era Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu, quien portaba los apellidos del dictador José Feliz Uriburu y de Encarnación Ezcurra (la esposa de Juan Manuel de Rosas). Al igual que su padre (profesor de historia del Colegio Nacional Buenos Aires) soñaba con un estado clerical, donde la religión y la filosofía ejercieran supremacía sobre la política y la economía. Estudió en el colegio católico Champagnat e inmediatamente se sintió llamado por la religión. Se trasladó a un seminario jesuítico de Córdoba, siendo expulsado un año más tarde por sus ideas y personalidad extravagantes. Para reponerse, volvió a Buenos Aires, hizo el servicio militar y se buscó un trabajo.

En el bar La Perla de Once fundaste Tacuara

Algunos integrantes de la UNES ya habían dejado los cortos hacía un buen rato, para lo cual, la denominación de la agrupación quedaba un poco desactualizada. Así que, ya cerca de la navidad de 1957, el bar que varios años más tarde se hiciera famoso por tener un baño que fuera santuario de inspiración para “Tanguito”, fue testigo de la fundación del Grupo Tacuara de la Juventud Nacionalista. Un año después, los muchachos sintieron que más que un grupito, debían convertirse en el Movimiento Nacionalista Tacuara.

Inspirados por Primo de Rivera, fundador de la Falange española, “(…) Tacuara rechazaba las elecciones y el sistema parlamentario, era fuertemente antimarxista, reclamaba justicia social, proclamaba la superioridad de la Patria y de la religión católica sobre cualquier otro valor y exaltaba la violencia como forma de movilización permanente.” (p. 58).

Laica o libre

El 1 de mayo de 1958, Frondizi asume el gobierno. Unos meses después, se presenta el campo de batalla ideal para la entrada en escena del flamante movimiento: el conflicto de “laica o libre”. Del lado de los laicos estaban los radicales, los socialistas, los comunistas, las autoridades y estudiantes de las universidades nacionales (reivindicaban la Reforma de 1918) encabezados por el rector de la UBA y hermano del presidente, Risieri Frondizi. Aunque el bando “libre” no los entusiasmaba mucho, era evidente que los del otro lado eran los contrincantes contra quienes sacudir los puños. Tacuara se especializaba en romper manifestaciones de estudiantes. El conflicto atrajo al movimiento a muchos otros jóvenes, mayormente secundarios, la mayoría de los cuales venían de la zona de Barrio Norte y Recoleta. Curioso es encontrarse con tres hermanos de apellido Guevara Lynch, quienes resultaban ser primos hermanos de un muchacho que estaba por hacer historia en una isla del caribe. “Tacuara incorporaba, paradójicamente, a los hijos de las mismas familias aristocráticas que decía aborrecer.” (p. 70). Este vínculo con las familias económicamente más poderosas y políticamente más reaccionarias los fue llevando a convertirse en grupo de choque de la derecha.

Para aquella época, Ezcurra, Baxter y otros tacuaristas se juntaban en un bar de barrio norte para discutir de política, por lo general se sumaban algunos estudiantes secundarios de colegios católicos de la zona. Pero a menudo también aparecía un muchacho que muchos años más tarde se convertiría en un excéntrico funcionario del gobierno de Carlos Menem: Moisés Ikonicoff. Por entonces era presidente del centro de estudiantes de la Facultad de Derecho, y más tarde llegaría a la cima de la FUBA. Había sido, como los jóvenes de la UNES, comando civil antiperonista en la revolución del 55, pero desde el socialismo. Los tacuaristas lo respetaban porque no tenía problemas en ir de frente a las trompadas, a pesar de no tener un físico imponente, y en ese idioma los muchachos se entendían bien. Sin embargo, desde el punto de vista de Tacuara, Ikonicoff representaba idealmente a su enemigo: judío y comunista.

Entre 1960 y 1962, Tacuara iba a experimentar su mayor crecimiento, con el peronismo provisoriamente fuera de combate, aquellos se habían convertido en la mejor opción para enfrentarse al sistema.

En aquellas charlas de café, también se lo vio participar a un joven cura, profesor de teología de varios tacuaristas en la facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador. Se llamaba Carlos Mugica, pero el amor se terminó rápidamente al sostener ideas como que el Che Guevara era un tipo valioso por jugarse la vida por lo que creía. Más tarde haría su opción por los pobres, que lo llevaría al peronismo, al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y finalmente, como varios de los que tomaron ese camino, a la muerte, asesinado por la triple A en 1974.

La revolución cubana

El año 1959 va a resultar, con la Revolución Cubana, un punto de inflexión para los movimientos políticos, Tacuara no iba a ser la excepción. Este acontecimiento generaba sensaciones dispares dentro del movimiento. La tensión que iba in crescendo entre Cuba y EE.UU. provocaba mucha expectativa. Joe Baxter se sentía fascinado por el fenómeno cubano y empezaba a darse cuenta que ese era el camino que él quería seguir. Sin embargo, no fue hasta 1961 que Fidel Castro anunciaba su opción por el socialismo. Ezcurra y quienes lo seguían más de cerca se convirtieron entonces en enemigos de la revolución cubana.

La bifurcación

Las elecciones de 1962, resultaron el punto de escisión en el movimiento. Tacuara decidió presentar candidatos propios en Capital y en Entre Ríos, a través de la Unión Cívica Nacionalista. Pero el grupo de Baxter y José Luis Nell prefirieron ir con el justicialismo, ellos creían que el peronismo podía aspirar a un proceso revolucionario. Poco antes, un grupo ya había abandonado Tacuara para sumarse a las filas de Perón, el Movimiento Nueva Argentina (MNA), uno de los primeros grupos de la derecha peronista.

El hecho que de un mismo grupo surjan ideologías aparentemente antagónicas, tanto de derecha como de izquierda, prefigura el proceso que una década más tarde iba a terminar trágicamente.

Otra vez la cuestión del peronismo. Golpe de Estado, prohibición y clandestinidad

El triunfo del peronismo en ocho de las catorce provincias, provocó a las FFAA, quienes encerraron a Frondizi en la isla Martín García y colocaron a José María Guido en la presidencia, asegurándose que implantara la proscripción del peronismo, la ley antihuelga y la anulación de las elecciones. Poco tiempo después volvería a entrar en vigencia el famoso decreto de Aramburu, que prohibía nombrar a Perón.

Para el grupo de Baxter y Nell no quedaba otra opción, era el momento: nacía así la primera organización guerrillera urbana de Argentina, el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).

Por otro lado, el grupo de Ezcurra, el Movimiento Nacionalista Tacuara (MNT) se quedaba esperando en vano un golpe nacionalista de las Fuerzas Armadas, en colaboración con el sindicalismo anticomunista. Ni uno ni otro mostraban intenciones de impulsar una ruptura del orden, lejos de eso veían mejor negocio integrarse al sistema. Ezcurra sabía que no tenía cuadros suficientes para encarar el proceso revolucionario, esa certeza lo llevó a abandonar la política, viendo como su movimiento se convertía cada vez más en un apéndice de los servicios de inteligencia, con el objeto de atacar a la izquierda y generar un clima de confusión que justificara la represión.

Los golpes de las dos Tacuaras

Un año más tarde iban a tener lugar los dos episodios más emblemáticos y violentos protagonizados por ambas facciones por separado, cuyo resultado, a la larga significó la perdición de los dos movimientos.

Por su lado el MNRT organizó y protagonizó el 29 de agosto de 1963, un asalto de película al Policlínico Bancario, un episodio que mereció ser destacado por todos los medios nacionales, aunque muy pocos se percataron que se trataba de un hecho político. El saldo final fue de dos empleados muertos y otros tres heridos. El botín consistió en 14.000.000 de pesos de aquella época, destinados al pago de sueldos del personal del Policlínico.

Por parte del MNT, resultó que habían sido “invitados” por sindicalistas peronistas al plenario de la CGT en Rosario, que tendría lugar el 24 de febrero de 1964, para contrarrestar a los elementos de izquierda. Dicha reunión era a puertas abiertas y se notaba la presencia de personajes extraños al movimiento sindical, incluso policías infiltrados con el fin de informar a sus superiores de los temas a tratar. El ambiente estaba claramente cargado.

No quedó claro cómo comenzó la refriega pero el informe policial indicaba que se dispararon más de ciento cincuenta tiros en dos minutos y había una sola puerta de salida: tres personas murieron y otras siete resultaron heridas. De los tres decesos, dos eran de Tacuara y el tercero era un militante nacionalista del peronismo sindical.

Los muchachos no podían quedarse de brazos cruzados, así que planificaron un golpe. El objetivo fue un tal Raúl Alterman, quien había sido militante de izquierda y quedó fichado por la policía al haber sido detenido un par de veces, pero no se trataba de un líder político ni mucho menos. Se dice que para el momento que ocurrió el hecho casi ni participaba. No se sabe cómo surgió su nombre como objetivo del MNT y menos aún cómo consiguieron su dirección. Lo importante era que cumplía con los dos requisitos más importantes para ser objetivo de Tacuara: judío y comunista. Planificaron un escenario para anunciarse ante el domicilio de Alterman, donde uno se haría pasar por cartero y al anunciar un telegrama para él, dispararle a quemarropa.

Por aquel entonces, un joven Rodolfo Barra daba sus primeros pasos en la UNES desde el Otto Krause. Hay quienes dicen que dio apoyo a los asesinos desde el exterior del edificio. La publicación de este pasado por la revista Noticias, allá por 1996, significó para Barra la obligación de renunciar al Ministerio de Justicia menemista.

La Doble Caída

Unos pocos billetes utilizados para pagar parte de una cuenta de restaurante en París bastaron para llegar a uno de los asaltantes del Policlínico, quién no imaginaba que el brazo de la ley podía ser tan largo. El resto fue cayendo como fichas de dominó. Baxter y otros quedaron prófugos y pasaron a la clandestinidad.

Por otro lado, a la policía le bastó un piloto olvidado por los asesinos en el edificio de Alterman para determinar el caso.

Curioso el hecho que, en un mismo mes (marzo de 1964), se produjera la caída de las dos ramas en las que se había dividido Tacuara.